No manejamos la misma información cuando nos percibimos a nosotros mismos que cuando percibimos a los demás, primera regla de oro. Además, nuestra atención se focaliza en cosas diferentes cuando nos percibimos a nosotros mismos o a los demás. Tenemos un sesgo positivo, y un tanto ilusorio, sobre nosotros mismos y de lo que somos capaces de hacer. Además, creemos conocer mejor nosotros a los demás, de lo que los otros nos conocen a nosotros. Nos parece que las acciones o expresiones de los demás explican su historia esencial, pero a nosotros nos conocemos por otras vías más profundas. Juzgamos a los demás por la conducta explícita básicamente, mientras que para valorarnos a nosotros mismos utilizamos más nuestros estados mentales. Esto hace que muchas veces nos equivoquemos al intuir los pensamientos y los motivos de los demás. Y es que tenemos más a mano la apariencia externa de los demás que sus estados mentales internos, de la misma manera que nos es mas fácil acceder a nuestros estados mentales internos que no a nuestra conducta o apariencia externa.

            Tendemos a creer que aquello que nosotros percibimos es lo real, pero nuestros deseos, esperanzas, experiencias, valores, etc., dan forma a aquello que percibimos, construimos nuestra realidad, y muchas veces no somos conscientes de ello, pensando que nuestra mirada es totalmente objetiva. Otra ilusión. Nos cuesta mucho reconocer que la idiosincrasia de nuestras interpretaciones dan forma a nuestros juicios. En cambio, no nos cuesta nada ver el sesgo personal en la opinión de los demás: tu opinión esta sesgada, yo soy objetivo. Por ejemplo, la gente tiende a pensar que la percepción de las demás personas en los conflictos interpersonales esta sesgada por sus propios intereses, en cambio cuando realizamos nuestros propios juicios somos ciegos a este sesgo.

            El hecho de centrar nuestra atención en la introspección para valorarnos a nosotros, respecto a centrar nuestra atención en las acciones de los demás para juzgarlos, forma parte del desarrollo humano. A los niños pequeños les cuesta entender que los otros poseen estados mentales (deseos, creencias, etc.,) que difieren de los suyos propios. Un fallo en el desarrollo evolutivo de esta a habilidad es una característica esencial del autismo. A medida que maduramos somos más conscientes de los estados mentales de los demás, sin embargo, de adultos tampoco superamos completamente esta fase: llegamos a comprender los estados mentales de los demás, pero siempre en base a una introspección hacia nosotros mismos.

            Y de la misma manera que existen diferencias en como nos percibimos a nosotros mismos respecto a los demás, parece que cuando nos imaginamos nuestro yo en el pasado, o en el futuro, lo hacemos de manera más parecida a como percibimos a los demás. Esto es debido a que no disponemos de la información de nuestros mentales internos más allá del momento presente, y obviamente, ello conlleva errores. En un estudio se pedía a los participantes que cantidad de una pócima compuesta de salsa de soja, kétchup y agua estarían dispuestos a beber en beneficio de la ciencia (cuanta más bebieran mejor) para estudiar el “disgusto”. Los participantes, de media, aceptaron beber dos cucharadas en ese momento, pero cuando se les preguntó cuanto estarían dispuestos a ingerir en una futura sesión la cantidad subió hasta la media taza, la misma cantidad que escogieron para que bebiera un compañero. Y es que estudios de neurociencia sugieren que se activan diferentes regiones cerebrales en función si pensamos en nuestro yo en el presente o en el futuro, estando el sistema límbico únicamente implicado en el refuerzo presente. La experiencia emocional está mucho más conectada a nuestro yo presente, nos es más difícil conectar nuestra representación futura con sentimientos y sensaciones internas, así, estas representaciones pasadas y futuras de nuestro yo se asemejan más a la manera como percibimos a los otros. Y no solo es porque no prestamos tanto atención a nuestros estados internos, pasados o futuros, sino que también es porque nos fijamos más en nuestra conducta externa. Por ejemplo, generalmente, cuando visualizamos nuestra experiencias pasadas o futuras (contrariamente a las experiencia presentes) tomamos la perspectiva de un espectador externo, y nos vemos a nosotros mismos en la escena.

CONCLUSIONES

            Existen diferencias en como nos percibimos a nosotros mismos y como percibimos a los demás, ello conlleva malentendidos y conflictos. En general pensamos que nosotros siempre tenemos buenas intenciones, pero esto no lo trasladamos al valorar la conducta de los demás. Consideramos nuestras creencias y percepciones como objetivas, pero asumimos sesgos subjetivos en las percepciones de los otros. Entonces, es más probable que nos sintamos frustrados o enfadados delante de la negativa de los demás en ser razonables o justos. Debemos pensar que no solo nuestros actos están sujetos a las limitaciones del contexto, los de los demás también. Ello nos ayudará a ser más compresivos cuando los demás no cumplen nuestras expectativas. Además, debemos de intentar usar el mismo estándar cuando juzgamos a los demás que cuando nos juzgamos a nosotros mismos, ya que habitualmente no lo hacemos.

Manel Monsonet Bardají

Universitat Autònoma de Barcelona.